En 1859, el mundo se estremece ante la cara mas iluminada del entonces nuevo hijo del positivismo. Su nombre: “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”; su padre: Charles Robert Darwin. La obra darwiniana inaugura toda una nueva tradición académica enraizada en una nueva concepción de la adaptación que posteriormente tendría repercusiones de dimensiones nunca antes padecidas.

Si bien Darwin no fue el primero con esta propuesta –por otro lado se encuentran autores como Paley, Lamarck y Geoffroy–, los resultados de sus investigaciones, colocaban al ser humano dentro de un nuevo proceso de selección natural que, cuando menos, reemplazaba el plan divino. Este nuevo algoritmo provee, como parte del eterno proceso especie-medio, nuevos motores que impulsaban el desarrollo y afianzaban la inevitabilidad de lo que hoy conocemos como “adaptación”.

El ser humano a lo largo de su existencia, ha pasado por las mas diversas adversidades que lo van “puliendo” y “refinando” en versiones cada vez más óptimas para la supervivencia y desarrollo. Esta nueva versión del “Logos” –en terminología de Filón– es benevolente como la gracia misma de un poder divino: si el cambio existe, la adaptación se hace inevitable.

Habiendo recordado este enfoque cientificista de una de las máximas incertidumbres de la vida humana, resulta imprescindible pensar sobre su vigencia y, de ser así, sobre que implicaciones tiene para la actualidad una máxima tan avasalladora como la de “la inevitable adaptación”.

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha buscado explicaciones que le cobijen y sirvan de consuelo ante la abrumadora incertidumbre metafísica de todo aquello que esta mas allá de los limites de su percepción. Religiones, teorías, dioses, científicos y demás recursos de contención, han sido concebidos y adoptados casi sin vacilar gracias a los “espejos” que nos traen como obsequio estos nuevos conquistadores.

Cabe señalar que, aunque la necesidad de afianzarse es arcaica, la concepción de este mundo dinámico y progresista es apenas moderna. Entonces, ¿podemos entender a los ideales del progreso como eternamente presentes o será esta solo una nueva alternativa evangelista sin cruces ni mandamientos, pero si con estadísticas y datos? Es fácil confundir un ‘Gran Diseño’ con las repercusiones de la vida, como diría Greg Graffin.

Esquivando la confusión al mezclar significantes, podemos puntualizar las “áreas de oportunidad” de esta teoría desde sus mismos ojos. El principal problema que se aluza es el de la ortodoxia estática con la que se ha entendido el término: el eterno, proceso de adaptación. Si la adaptabilidad depende al igual del sujeto y del medio en el que esta inmerso, al cambiar el medio cambia el sujeto, resulta obvio. Si el sujeto se continúa construyendo, también continua modificando su medio, a través de su percepción cuando menos. Y si este continuo de modificaciones realmente es eterno, ¿qué sucede ahora? ¿es coherente continuar por el mismo camino aún después de todos los cambios y adaptaciones ocurridos en los últimos 150 años? ¿No es esta teoría sujeto a dicho proceso de cambio, supervivencia y descarte en si misma? Al parecer el dinamismo de la adaptabilidad se encuentra de frente con la ortodoxia estática del apego a la misma.

Para este tipo de cuestionamientos, existen respuestas tan diversas como mentes, como referentes, como historias y necesidades de quien se las formula. ¿Qué hacer entonces con este cúmulo de nuevos retos? La respuesta no es sencilla, por un lado se tiene la oportunidad de construir nuevo conocimiento proversivo y proponer los cimientos de una nueva realidad, entendida desde nuevas perspectivas. Por otro lado, es difícil y doloroso enfrentarse al desamparo, al desengaño y el descobijo al expirar una vieja máxima protectora –conflicto curiosamente ubicado en apenas la primer etapa del desarrollo psicosocial de Erikson–. Así mismo, también implica una crisis de identidad y autoevaluación, después de todo, ¿quiénes somos sino los productos mejorados de nuestro pasado?

Queda en evidencia la insuficiencia de la respuesta humana ante el incesante transcurrir del tiempo y el proceso histórico en el cual nos demandamos certidumbre, guías, direcciones. Justo ese es otro de los ejes temáticos de la adaptación: ¿qué exige de nosotros la nueva realidad?. No la “realidad teórica”, ni la de ayer, no buscamos una respuestas para preguntas del pasado –así como no nos adaptamos a medios en los que ya no estamos inmersos– sino para cuestionamientos presentes, con demandas presentes y desafíos de hoy. Entonces, ¿qué exige de nosotros la nueva realidad? Y, hablando de requerimientos, ¿cómo son los requerimientos adaptativos de hoy? Darwin no vivió la explosión tecnológica ni la implosión filosófica del positivismo.

Inmaculada Jáuregui Balenciaga, en su artículo del 2008 “Psicopatía: Pandemia de la modernidad”, articulaba una concepción poco benevolente sobre la sociedad actual. Ella decía que la herencia capitalista enraizaba inadvertidamente en la educación una serie de requerimientos antisociales. Como fruto de este proceso educativo, vivimos en sociedades donde se promueve la perversión, la crueldad y la transgresión, casi como una pandemia para la cual aún carecemos de vacuna. Siguiendo referentes como el de Jáuregui, ¿qué tipo de adaptación podríamos proponer ante tal panorama? ¿habría que adaptarse a nadar con los tiburones ó secar los mares y cambiar el juego por completo?

Pareciera que la propuesta darwiniana diverge antes las condiciones actuales, ¿podemos seguir afianzados a ella aún después de tal divergencia?, de ser posible, ¿cómo adaptar la construcción teórica de una concepción humana tan enraizada como lo es nuestro “triunfo adaptativo”?; por el contrario, ¿cómo lidiar con la incertidumbre y el desamparo en la carencia de tan poderoso cobijo que nos otorga concebirnos como “seres adaptados”?

Robert Wright en su libro “La Evolución de Dios.”, hace un extenso compendio de pruebas históricas sobre como hasta las ideas se modifican, “adaptan” y acomodan a los requerimientos en incesante cambio, aún en el plano de la monolatría. Desde esta perspectiva, el conflicto ortodoxia estática vs. Adaptación dinámica no exige una decisión dicotómica. Podemos adaptar y adaptarnos a una nueva teoría que no necesariamente suponga una demolición de todo lo preestablecido. También podrías usar esta crisis como un referente fundamental para construir los cimientos de un nuevo conocimiento que satisfaga nuestras necesidades por cuanto tiempo le sea posible.

Si la máxima darwiniana sigue vigente, si “la esencia“ conceptual de la adaptación aún sobrevive ó si por el contrario sucumbe ante su erosión teórica el resultado es el mismo:

¿Cuál es el camino a seguir ahora?

¿Qué sería lo mejor?

¿Cuál es la respuesta correcta?

La decisión es nuestra, es mía y tuya.

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