Caracol Zapatista es Dignidad

Era el cielo más estrellado que cualquier citadina podría soñar. En el interior de aquella casa café la plática se tornaba tan envolvente que la noción del tiempo se perdió entre las palabras pronunciadas en castilla (español) y tzeltal. La tarde cayó como telón y el cielo se convirtió en un lienzo ultramar del que colgaban destellos a borbotones. Al salir de aquella casita los ojos quedaron expectantes ante el paisaje.
Las obras de la pintora Beatriz Aurora no se alejan de esa realidad. Basta pensar en aquellos lienzos en azul salpicados de color y estrellas. Voltear al cielo y confirmar. Así es el mundo zapatista cuando te encuentras con él. Un mundo distinto. No mejor, ni peor. Uno distinto. Tal y como dice el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): “un mundo donde quepan muchos mundos, todos los mundos”.


La escuelita zapatista fue ese esfuerzo para que otras personas conociéramos la organización desde su cara más humana, lo cotidiano, desde el mismo corazón de las resistencias. No solo fueron los libros que se entregaron para comprender mejor la estructura del EZLN y su autogobierno. Se trataba de una puerta abierta que nos regaló la posibilidad de conocer el caracol en su dinámica circular.
El caracol es un símbolo de escucha, de construcción en espiral, de resistencia cíclica. El ritmo de un caracol suele ser pausado, lento, pero seguro y contundente, situado con firmeza en la tierra y cuando le quieren despegar, se aferra a su raíz, cambia de ruta, traza otra estrategia. Ese es el ritmo que han propuesto las y los zapatistas para ver nacer un espacio de organización sin partidos políticos, con territorio recuperado a través del alzamiento en armas en el año 1994 y la construcción de los caracoles zapatistas en agosto de 2003.


Durante la Escuelita Zapatista cada persona era asignada a uno de los entonces cinco caracoles: La Garrucha, Oventik, Morelia, Roberto Barrios y La Realidad. Cada uno de ellos representa un centro político-organizativo para las actividades del movimiento.
El grupo que llegó a La Garrucha arribó al caracol zapatista el 23 de diciembre de 2013. Era la segunda Escuelita Zapatista que se hacía en ese mismo año.


Al bajar de la camioneta las personas zapatistas te tendían una mano. Ahí conocías a tu Votán: la persona guardiana que te cuidaría durante días. Y así cada persona vivió una experiencia distinta en cada casa, que se fortalecía con un espacio de plática grupal y abierta en donde se compartieron reflexiones diversas.

***


M me recibió. Su paliacate rojo le cubría el rostro, un mechón de cabello caía sobre sus mejillas. Llovía. Llovía como solo llueve en el sureste mexicano. Apresuramos el paso entre el lodazal, nos dirigimos a un techo de madera y ahí empezó todo.
Permanecimos la noche del 24 de diciembre. En el resto del país hubo cenas navideñas. Esa noche hubo fiesta hasta el amanecer al estilo ez. «Perro ron. Quiero acariciarte al ron ron. Tremendo animalón está tu perro ron. Y véndeme tu perro ron ron ron», sonaba una y otra vez. Al ritmo se movían los zapatistas, con un pequeño salto colectivo que hacía notar los paliacates y pasamontañas. Se percibía más con el cambio de compás. No dejaron de bailar toda la madrugada. El moño colorado es una canción que no falta nunca. También sonó.


El 25 de diciembre en la madrugada nos dirigimos a los poblados, para conocer a la familia zapatista con la que viviríamos durante cinco días. Con fogatas, camastras improvisadas, clases en la escuela primaria autónoma. Pláticas sobre la formas de autogestionar (financiar) las actividades.
Nos dieron techo, alimentación, compartieron su mesa, su palabra, ese cielo estrellado, sus ríos y su lengua. Mientras conversábamos tuvimos la guía de los libros que prepararon. Y lo más valioso: el diálogo como intercambio, como un regalo.


La votán, M, traducía todas las palabras pronunciadas en la mesa, en el río, a la hora de hacer las tortillas. Solo ella hablaba en español. El resto se pronunció en tzeltal, se hacía una pausa para traducir, para generar ese encuentro de mundos. Con los niños y niñas fue distinto: desarrollaban de manera natural un lenguaje de señas, sonrisas, gritos y juegos que no necesitaban palabras. Durante los momentos de descanso señalaban el objeto y su nombre.
«Mis», para referirse al pequeño gato negro, guardián del maíz que tenía la tarea de cuidar que ningún otro animal se acercara a aquellos granos amarillos. Leímos, pero con la posibilidad de sentir, preguntar y contrastar:
Observamos la voluminosidad de sus bosques. Respiramos el aire fresco de aquellos sitios en donde no han llegado las empresas extractivas. Aquellos lugares que se salvaron hasta el momento, en donde la destrucción aún no llega al aire.


Escuchamos las historias desveladas de la guerra, del levantamiento armado. «Yo iba a las tortillas aquel 1 de enero de 1994 y oí las balas. Me tiré al piso. Ese día decidí unirme». decía una mujer mientras amamantaba a su hijo pequeño que lloraba durante la madrugada, a oscuras.
Conocer y reconocer el sabor del café. Tocar la calidez del plato de comida que surgió de esfuerzos colectivos y comprender que trabajar la tierra en espacios comunes es garantía para pagar los gastos que genera tener una organización. Comprendimos que en colectivo somos todo, sin el otro, la otra, nada somos.
Ahí supimos que #CaracolZapatistaEs dignidad, resistencia, inspiración, rebeldía, aprendizaje, intercambio mutuo, esperanza. Es la construcción de un lugar mejor para vivir. Son prácticas comunitarias. Es la dignidad de las mujeres zapatistas en la que muchas encuentran reflejo, coincidencia, empatía y sororidad. #CaracolZapatistaEs memoria.

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