(para Tita, mi mamá, que me enseñó mucho de esto)

In quexquichcauh maniz cemanahuatl

ayc pollihuiz yn itenyo yn itauhcain

Mexico-Tenochtitlan

Ahora, en tiempos de conmemoración de la caída de Tenochtitlan en manos de los europeos y sus aliados, se ha puesto de moda enfocarse en ideas como la de que no se puede criticar la Conquista porque nuestra formación mayoritariamente es europea, porque hablamos español o porque fueron los indígenas mismos quienes acabaron con el opresor mexica.

Respecto a los primeros enfoques, resultan hasta cierto punto absurdos y no vale la pena detenerse mucho en ellos porque, medio milenio después, venimos de un hecho que ya se dio y conformó nuevas culturas.

Sin embargo, es innegable que las nuevas culturas se fundaron, en toda Mesoamérica, bajo la presión de una cosmovisión ajena que, en gran medida, fue impuesta ya sea por la violencia directa o por los muchos mecanismos de la violencia simbólica de la que habla Pierre Bordieu, a la que entiende como “amortiguada insensible e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento, o más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento”.

 ¿Pruebas? Nombre un solo grupo indígena, aliado de los españoles o enemigo, que después de los primeros años de la Conquista haya sido capaz de conservar su cultura, sus tradiciones, su religión o, siguiera, sus nombres. No en vano el principal símbolo de la Conquista espiritual y santo católico se le conoce por su nuevo nombre, no por el original de Cuauhtlatoatzin.

I Mexicas

Ilustración: Sabina Varela Turcott

En el caso de los mexicas, no podemos olvidar que el 28 de febrero de 1525, menos de cuatro años después de haber capturado al último “gran orador”, en un acceso de paranoia de esos que son muy comunes en líderes militares propensos a la autocracia, Hernán Cortés mandó colgar a su ahijado, Hernando Cortés.

El homicidio causó vergüenza, incluso, a españoles, como Bernal Díaz del Castillo, soldado y cronista, quien escribió: “Verdaderamente yo tuve gran lástima de Guatemuz y de su primo, por haberles conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacían honra en el camino en cosas que se me ofrecían, en especial darme algunos indios para traer yerba para mi caballo. Fue esta muerte que les dieron muy injustamente, y pareció mal a todos los que íbamos”

Continúa más adelante: “Sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar a Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo. Antes que los ahorcasen, los frailes franciscos los fueron esforzando y encomendando a Dios con la lengua de doña Marina. Y cuando le ahorcaban, dijo Guatemuz: “¡Oh, Malinche, días hacía que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar y había conocido tus falsas palabras, porque me matas sin justicia! Dios te la demande, pues yo no me la di cuando a ti me entregué en mi ciudad de México”.

Después del homicidio del último gobernante legítimo de los mexicas, Cortés nombró a otro bautizado, Juan Velázquez Tlacotzin como sucesor del otrora orgulloso águila que ataca al descender. Al morir, le tocó el turno a Andrés de Tapia Motelchiuh, quien falleció mientras se estaba bañando víctima de una flecha chichimeca durante una campaña al servicio de los nuevos señores de la región (sí, los españoles); a De Tapia lo sucedió Pablo Xochiquetzin quien durante cinco años se movió al son de los europeos. Posteriormente, el virrey pensó en restaurar como gobernantes a las casas nobles mexicas, pero ese plan se fue olvidando a medida que aumentó el rigor de la conquista espiritual de los indígenas.

Y mientras tanto, los sobrevivientes que no pertenecían a la nobleza, sufrían la semiesclavitud de las encomiendas y los males de la llamada construcción de la Ciudad de México en donde había sido Tenochtitlan. Debilitados por la guerra, por enfermedades desconocidas y sin cura, desmoralizados, despojados de sus creencias y nombres, la mortandad fue estremecedora. Se estima que ocho de cada diez indígenas murieron durante y en los años posteriores de la Conquista.

II Totonacas

Ilustración: Sabina Varela Turcott

Tajín, Veracruz, sitio arqueológico impresionante, sobrecogedor, patrimonio de la humanidad según la Unesco. Tajín, Veracruz, lugar de peregrinación preferido por mexicanos y extranjeros que pretenden cargarse de energía y vibraciones procedentes de las culturas que lograron construir pirámides y templos alucinantes bordeados por la selva. Tajín, Veracruz, ventana oficial de México ante el mundo, sede de la una Cumbre que muestra a México de la mano de los más desarrollados.

Tajín, Veracruz, zona arqueológica vedada a los totonaca, quienes fueron aliados de los conquistadores españoles, quienes si quieren participar de las migajas que les brinda el turismo deben hacerlo pegados a la malla ciclónica que les impide el paso. “Es que si los dejamos entrar ensucian, dan mal aspecto, destruyen…”, en suma, arruinan ese aire Disney Mundo Aventura en que una globalización voraz impulsada por el lucro ha convertido los lugares interesantes del mundo.

Claro, uno podría preguntar y sería calificado como “ingenuo”, “nostálgico” e incluso, horror de horrores, “populista”,¿no deberían ser, precisamente, los indígenas, los principales beneficiarios de la riqueza arqueológica del país? Porque no se trata de que señoras ataviadas con trajes típicos vendan naranjas, sino que las comunidades a las que pertenecen sean las beneficiarias del dinero que el turismo deja en ellas.

III Mixes

Ilustración: Sabina Varela Turcott

El pueblo mixe, de Oaxaca, se considera a sí mismo con orgullo “los nunca conquistados”, y es respetable que así lo hagan. Sin embargo, no podemos olvidar lo que el antropólogo cultural y etnohistoriador John K Chance, profesor emérito de la Universidad Estatal de Arizona, puntualiza acerca del destino de los mixes.

Sostiene que poco después de la Conquista, los pueblos mixes fueron evangelizados, y no olvidemos que la evangelización también fue Conquista, y se integraron a la estructura territorial de la Nueva España; su territorio se dividió en las alcaldías de Villa Alta, Nejapa y Tehuantepec, lo que significó la desaparición de muchas comunidades por la reestructuración territorial de la nueva colonia española.

IV Tlaxcaltecas

Ilustración: Sabina Varela Turcott

Recuerdo aún las clases de historia con un profesor filofascista que me niego a mencionar. Siempre reiteraba cómo los tlaxcaltecas se habían alzado contra los “perros aztecas” y habían apoyado a los españoles para liberarse de ese yugo, por cierto, totalmente real, al igual que en el caso de muchos otros de los pueblos indígenas. Fernando Benítez explica claramente como el estado emergente mexica no solo sometía a los demás pueblos, sino la manera en que la institución de prácticas religiosas como “la guerra florida” eran en realidad estrategias de dominación política.

Los tlaxcaltecas se convirtieron en la principal amenaza por la cantidad de guerreros bien entrenados que participaron en el sitio de Tenochtitlan. En la infame serie Hernán (2019) producida por Dopamine para Amazon Prime Video y Televisión Azteca (no sé porqué no me asombra) se puede ver cómo los tlaxcaltecas odian tanto a los “aztecas” que no tienen el menor reparo en devorar sus cadáveres.

Pues bien, aunque nominalmente obtuvieron algunas prebendas al terminar la conquista, como que se les considerara hidalgos, pudieran portar armas y montar a caballo, fueron obligados durante la primera parte de los años posteriores de la Conquista a ser el grueso de las tropas enviadas a pacificar a los demás grupos indígenas. Para lograr tan dudoso privilegio, y al igual que todos los demás pueblos, tuvieron que someterse al penoso proceso de la aculturización producto de la aceptación de una nueva religión, nuevos nombres y la destrucción de su cultura.

Poco después, cientos de tlaxcaltecas partieron incluso a lugares lejanos como la Florida o Filipinas para fundar pueblos en un viaje sin retorno y paulatinamente fueron perdiendo los dudosos privilegios obtenidos.

V El fin del mundo

Ilustración: Sabina Varela Turcott

La discusión no es, no debería ser, si la Conquista significó el nacimiento de una nueva cultura, si hubiera sido peor que hubieran sido los franceses o ingleses, o si los “aztecas” lo merecían por malos e imperialistas.

La reflexión debe centrarse en la destrucción de un mundo al que ahora conocemos fragmentariamente y solo a través de los filtros de nuestra actual cultura.

Muchas manifestaciones que los mestizos vemos como indígenas tienen más de medieval que de prehispánico o son fruto de mezclas y del poderoso influjo del catolicismo y su arte de tomar fechas y lugares de las religiones que lo preceden y llenarlas con sus significados, como la Navidad, las vírgenes negras europeas, los cristos negro mesoamericanos o la virgen de Guadalupe.

Lo cierto es que la conquista, para el universo prehispánico significó el fin del mundo.