Fotografía por Sandra Suaste y Marcos Ik
El pasado 1 de agosto del 2026, un grupo de familiares, colectivos de búsqueda y personas solidarias realizaron una caminata por la memoria de Javier de Jesús González Miranda, secuestrado y desaparecido en el año 2020 cuando viajó desde la Ciudad de México hasta el puerto de Veracruz para vender un vehículo. Desde aquel día, su familia no ha tenido ningún contacto con él. Javier, de 36 años, desapareció junto con Daniel Hernández, de 28 años. Aunque una acompañante fue liberada días después, ellos nunca regresaron.



La madre de Javier, Martha Miranda, quien forma parte del colectivo Luciérnagas Buscadoras y Rastros de Amor, convocó a esta jornada de protesta y exigencia de justicia en una fecha especialmente sensible para su familia, pues el episodio de desaparición casi coincide con la celebración del cumpleaños de Javier. Un par de días antes de la caminata, Martha realizó un emotivo encuentro virtual para hacer memoria y recordar a su hijo en su cumpleaños, iniciativa surgida en un grupo de acompañamiento psicosocial integrado por madres buscadoras y madres con hijos asesinados. A partir de presentar y comentar el contexto de una serie de fotografías de la vida de Javier, desde que era pequeño hasta distintos momentos que atravesó en su adolescencia y juventud, Martha compartió vivencias y recuerdos significativos de su relación madre-hijo, convertidos en una forma de dignificar la vida.



Aquella tarde lluviosa del 1 de agosto, la caminata que partió desde la Glorieta de las y los desaparecidos hasta el Monumento a la Madre, sobre la emblemática avenida Reforma, se convirtió en una acción de exigencia pública de verdad y justicia: un modo de gritar el nombre de Javier en las calles y de imprimir su rostro en las paredes al pegar sus fichas de búsqueda y al escribir el nombre de Javier con veladoras en el suelo. Con ello, constituir la emergencia de la memoria como un acto político que busca interpelar a la sociedad y romper el silencio que produce la violencia. Para Martha y la familia de Javier, la demanda es clara: los desaparecidos merecen ser buscados, recordados y dignificados.


El caso de Javier ejemplifica las vicisitudes de la búsqueda y el dolor que atraviesan más de 133 mil familias en México. Los desafíos para la búsqueda son enormes. En situaciones como esta, las familias se ven obligadas a cruzar fronteras estatales, realizar traslados continuos, “buscar allá y vivir acá”, asumir gastos considerables, confrontar a autoridades indolentes y desarrollar ciertos conocimientos en materia jurídica e institucional para “armar” y dar seguimiento a las carpetas de investigación. Estas carpetas, muchas veces, se convierten en una herramienta que las familias sostienen con la esperanza de romper la inercia de la impunidad. La caminata por Javier nos recuerda que la memoria emerge en cada ficha pegada, en cada recuerdo compartido y que estos actos son a la vez formas de resistencia al olvido y por la exigencia de verdad y justicia que, tal como la enuncian los colectivos de familiares, es una deuda pendiente en todo el país.
Carta de Martha Miranda a su hijo Javier
«Hijo mío:
No sabes cuánta falta me haces.
Han pasado 2,190 días sin poder verte, sin escuchar tu risa y con la inmensa necesidad de volver a ver esa sonrisa que iluminaba mi alma y mi corazón.
Me has hecho tanta falta, hijo, a mí y a tus hermanos.
Cada vez que se acercan estas fechas, siento que me falta el aire. Me cuesta hablar, me cuesta respirar. Desde que te arrebataron de nuestro lado, la vida ya no volvió a ser la misma para nosotros. Ha sido un camino muy duro.
Solo quiero que sepas, mi amor, que dondequiera que estés, deseo con todo mi corazón que estés bien. Le pido a Dios que te bendiga y te cuide en cada momento.
Me duele pensar en todos los sueños que tenías: salir adelante, formar una familia, tener a tus hijos. También quiero contarte que Brittney ya no está y que Nico tampoco está. No sé si estén contigo, hijo mío, no sé si algún día se hayan encontrado, pero deseo que, dondequiera que estén, no estén solos.
Han pasado muchas cosas desde que no estás. Tus sobrinos ya crecieron. Tu familia te sigue esperando con el mismo amor de siempre. Tus hermanos no han podido olvidarte; cada vez que estamos juntos hablamos de ti, de tus ocurrencias, de las risas que nos regalabas y de todo lo que significas para nosotros.
Y sé, hijo, que mientras sigamos hablando de ti, mientras estemos aquí, tu recuerdo seguirá vivo entre nosotros.
Quiero que sepas también que tu abuelita ya partió. Se fue hablándote, pensando en ti y sin dejar de esperarte. Tu abuelo te sigue recordando todos los días; cada vez que escucha tu nombre, las lágrimas se asoman a sus ojos.
Seguimos buscándote, hijo. Y no vamos a parar. Eres una parte muy importante de esta familia y siempre lo serás. Estás en nuestros corazones y en nuestra alma.
Te amo, te bendigo y te seguiré buscando hasta encontrarte.
Y sé que algún día nos volveremos a encontrar. No sé si será aquí o en otro lugar, pero sé que llegará el momento en que podamos abrazarnos otra vez y volver a estar juntos.
Te amo, mi Javi. Te bendigo, hijo mío.
Que Dios te cuide y te proteja dondequiera que estés.
Con todo mi amor,
Mamá.»
