Mucho se habla últimamente de cual debe ser la manera en la que se debe enfrentar esta nueva etapa de la lucha social en Oaxaca. Continuando con una estrategia histórica de los gobiernos mexicanos (y no sólo mexicanos), se ha seguido tratando de vincular a la APPO y a otros espacios del movimiento social con grupos armados o con bandas de radicales. La eterna disyuntiva creada por la ideología dominante según la cual sólo hay dos formas de lucha social, la de las instituciones “democráticas” (basada en la participación electoral y en la organización partidista del pueblo) o la lucha armada (que justifica la militarización y la represión de cualquier postura no electoralista que cuestione de raíz el sistema dominante y dominador) queda, más que nunca, visibilizada en su profunda mezquindad.

 

 

Frente a esa falsa dualidad, tan socorrida para los gobiernos “democráticos”, el pueblo de Oaxaca ha vuelto ha demostrar que las luchas tienen tantos caminos como permita la imaginación, y que la organización del pueblo no necesita de líderes y representantes sujetos en demasiadas ocasiones a un pragmatismo político que, según dicen, es difícil de comprender para quienes no conocen los entresijos del poder.

 

Es difícil suponer, como ocurre en otros lugares, que el altísimo abstencionismo que se ha dado en las últimas elecciones al Congreso Estatal oaxaqueño, sea debido a la despolitización del “electorado”. Una lectura realista debe dejar de lado las interpretaciones interesadas que tanto desde el gobierno como desde ciertos sectores del movimiento se han hecho de la jornada electoral.

 

El pueblo oaxaqueño ha hablado, y ha decidido hacerlo a través del silencio. Un silencio cuyo estruendo ha sido mucho mayor que el de cualquier marcha y, desde luego, mucho mayor que el de cualquier artefacto explosivo. Es inútil pedir al Gobierno de Oaxaca o al Federal que reflexionen acerca de lo sucedido. Es de sobra conocido que la voz del pueblo es lo que menos les importa a ellos y a los guardianes del orden democrático.

 

Muy significativas han sido las declaraciones de José Luis Echeverría Morales, Presidente del Consejo General del Instituto Estatal Electoral (IEE), según las cuales, “en las democracias se gana o se pierde por un solo voto”, añadiendo que aunque hubiera candidatos con un único voto, “con ese voto son legítimas las elecciones”. Efectivamente tiene razón, porque, siendo estrictos, lo legítimo es aquello que es conforme a la ley, pero todos sabemos lo lejos que está en demasiadas ocasiones la legalidad de la moralidad.

 

Y de forma aún más llamativa, producto de la falta de verdaderos argumentos, el insigne demócrata recuerda el histórico abstencionismo que se ha dado en procesos electorales del pasado, como si el hecho de que nunca se haya creído que aquellos que son elegidos a través de procesos electorales representen al pueblo fuera una manera de justificar esa incredulidad. Si siempre ha sido así, no hay que preocuparse. Absurdo, más cuando la abstención que se esperaba era del 40%, y ha resultado ser la más alta en la historia de todas las elecciones regionales.

 

Igualmente jugosas han sido las declaraciones del Coordinador del PRD en el Senado, Carlos Navarrete, quien achaca en buena medida los malos resultados de su partido al desgaste ocasionado por la relación del partido de López Obrador con la APPO. Vamos a ver: si el PRD apoyó a la APPO por representar los verdaderos intereses del pueblo reprimido, ¿cómo es posible que ahora le haya dado la espalda?, ¿qué ha pasado? Una de dos, o los abstencionistas han dejado de creer (eso si en algún momento lo han hecho) en el PRD, no habrá sido por haber defendido los intereses del pueblo movilizado masivamente. ¿O a lo que se refiere es a que esa relación les ha quitado votos que han ido al PRI? ¿Tan cerca se sienten de ellos?

 

Las declaraciones de Ulises Ruiz han seguido en su línea: “Yo ya estoy legitimado. Gané las elecciones, la mayoría decidió que fuera su gobernador y yo acato la definición de las mayorías”, ha aclarado. ¿Mayorías? ¿Qué mayorías? ¿Las que por cientos de miles salieron a la calle exigiendo su renuncia? ¿A las que amenazó con perder su empleo si no acudían en masa a la Guelaguetza? ¿O a las que pagó para que fueran a su “festival de la cultura de Oaxaca”? Las mayorías, tan importantes para él en un estado en el que la las comunidades de los pueblos originarios deciden los asuntos políticos por consenso, han hablado, pero a través de un explosivo silencio que al parecer prefiere no escuchar.

 

Es claro por tanto que las “instituciones democráticas” han perdido el rumbo y que difícilmente van a recapacitar sobre lo sucedido. Pero sí es necesario llamar a la reflexión a aquellos sectores del movimiento que, desde la honestidad o desde el interés político, creyeron que era legítimo dejar de lado por cuestiones tácticas sus principios ideológicos, en vistas a “cambiar las cosas desde dentro”. No se deben olvidar cuales fueron los principios que vieron nacer al movimiento oaxaqueño y a la APPO. Y se debe recordar a quienes apostaron por el pragmatismo político que, según ellos mismos, era una decisión meramente coyuntural, y que la lucha seguiría más allá de los partidos y de los procesos electorales. El tiempo ha dado la razón a quienes defendieron que esa postura no traería resultados y que además no representaba la voluntad del pueblo de Oaxaca. Se debe ser humilde en estos casos. Si la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca realmente pretende representar a quienes dice, debe actuar en consecuencia y no buscar excusas.

 

Florentino López, miembro del Frente Popular Revolucionario (FPR), una de las organizaciones que con más vehemencia defendió lo oportuno de participar en el proceso electoral a través de las listas del PRD, ha sido recatado en sus declaraciones. Reconoce que el “voto de castigo” contra el PAN y el PRI no fue seguido por el pueblo. Pero evita hacer referencia a las razones de fondo por las que el pueblo ha dado la espalda a su propuesta. Según declara, “desafortunadamente esta campaña no alcanzó sus propósitos, por el control que tiene el tirano (Ulises Ruiz Ortiz) en los medios de comunicación y por el voto del miedo que impuso con el intenso patrullaje de la policía en todo el estado y los rumores de detenciones masivas”. No parece que un pueblo que salió a las calles masivamente a defender las barricadas cuando los convoyes de la muerte se dedicaban a asesinar al pueblo, haya dejado de votar por esa razón. Aunque, eso desde luego, Ulises Ruiz trató de crear un clima de inestabilidad y represión con ese propósito.

 

De nuevo, el pueblo ha vuelto a mostrar que el movimiento oaxaqueño va por delante de los que se erigen como
sus dirigentes. De nuevo, se vuelve a mostrar que la vanguardia del mismo está en las calles, luchando por un cambio profundo en la estructura socio-política y económica de la región, y que la salida de Ulises Ruiz es sólo el primer paso para ese cambio. Para quien tuviera alguna duda, la voz silenciosa del pueblo ha expresado lo que piensa y lo que quiere. Es el momento de profundizar en esa lucha desde lo que realmente desea la gente y de organizarse al margen de verticalismos políticos gubernamentales o supuestamente revolucionarios. Las colonias, las comunidades, y espacios como Voces Oaxaqueñas Construyendo Autonomía y Libertad (VOCAL), el pueblo en definitiva, ya lo lleva haciendo desde hace tiempo. Este es su momento, cuando la legitimidad que se basa en lo moral y no en las leyes creadas para goce y disfrute de unos pocos, se ha expresado a través de un explosivo silencio.

 

 

 

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