Los días 10, 11 y 12 de octubre se llevó a cabo la asamblea de los pueblos originarios, naciones, tribus, barrios y organizaciones articulados en el Congreso Nacional Indígena (CNI), en el marco de la conmemoración de sus 30 años de existencia como Casa de los Pueblos. La larga historia de este caminar inició en los diálogos de San Andrés, a inicios de 1996, entre la comandancia zapatista, la comisión gubernamental y la delegación de líderes, representantes y organizaciones indígenas de México. En ese momento, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) hizo el llamado de impulsar y crear un espacio de encuentro entre los diferentes pueblos originarios del país. La invitación del EZLN y el papel destacado de la Comandanta Ramona en la integración de lxs delegadxs de las distintas comunidades, ponía sobre la mesa la urgencia de discutir el futuro de los derechos indígenas, la exigencia de atención de las demandas históricamente negadas por el Estado mexicano y de propiciar la revitalización del movimiento indígena nacional.
En el acto inaugural de esta asamblea desarrollada en la Casa de los Pueblos “Samir Flores Soberanes”, Carlos Beas de la Unión de Comunidades Indígenas de la Zona Norte del Istmo (UCIZONI), realizó un relevante ejercicio de memoria histórica del CNI. Este acto reconoció los antecedentes que abonaron de manera directa e indirecta en la concreción del movimiento indígena actual. Se nombraron las múltiples recuperaciones de tierras por parte de pueblos campesinos en la década de 1970, que confrontaron los cacicazgos locales; los procesos iniciales de coordinación, como el Primer Congreso Indígena de Chiapas, a fines de 1974; el impulso de la comunalidad ligado a las luchas de los pueblos indígenas de Oaxaca, en la década de 1980; y el proceso articulador del Consejo Mexicano 500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, el cual posicionó la crítica a la persistencia del colonialismo y el racismo estructural.

En esa primera década de vida del CNI, el crecimiento cuantitativo fue clave en la estructura de sus bases. Las asambleas realizadas tanto en Michoacán como en el Estado de México permitieron ampliar el margen de acción de los pueblos, posicionaron las demandas de la agenda indígena en la opinión pública y motivaron el involucramiento de colectividades de distintas geografías. En la segunda década, se vivió una escalada de represión estatal contra los pueblos (destacando la violencia de Estado en Atenco, contra el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra) y operaron diversas formas de contrainsurgencia para mermar la influencia del CNI y del zapatismo como entes autónomos anticapitalistas.
En la última década, las diferentes iniciativas, por ejemplo, la conformación del Concejo Indígena de Gobierno y la elección de la vocera María de Jesús Patricio Martínez, quien fue inscrita a la candidatura en busca de la presidencia, permitieron revitalizar el movimiento, atraer la atención en otros sectores sociales y encaminar un recambio generacional aún en proceso. En general, durante estas tres décadas, es un hecho que el CNI se ha mantenido como la única organización indígena independiente de los poderes del Estado y fiel a los principios zapatistas de promover las autonomías territoriales desde abajo, por medio de la defensa colectiva de los derechos de los pueblos.

Por ello, el prisma a través del cual es necesario concebir las luchas al interior del CNI permite destacar su heterogeneidad como rasgo fundamental donde no hay dirigencias especificas ni tampoco se reparten credenciales de adscripción, lo que dificulta que el poder pueda cooptar a sus miembros y desestabilizar su continuidad organizativa. Se trata más bien de una plataforma, un espacio común, una red de personas de los pueblos que trabaja bajo principios políticos específicos, pero de acuerdo con sus modos y formas en cada proceso organizativo y de resistencia. Con ello, el CNI ha tratado de evitar el modelo “pirámide” de centralización del poder y burocratización de los movimientos previos, algo que lxs zapatistas han cuestionado con fuertes bases y desde la autocrítica.
Como toda organización nacional es complejo descifrarla en su totalidad. Es cierto que también el CNI tiene sus limitaciones al no contar con una estructura de acción definida, pero el modo en que han decidido caminar, con sus errores y aciertos como todo movimiento, les ha permitido reproducir sus formas de lucha en los territorios a través del rol social de las delegadas y delegados. Sus militantes tienden a priorizar el trabajo de base y la articulación intercomunitaria con objetivos particulares, a veces por medio de la construcción de radios comunitarias, otras veces interponiendo amparos ante megaproyectos, organizando comités de defensa territorial y, en otros casos, elaborando proyectos productivos agroecológicos, educativos y artísticos para la formación de pensamiento crítico y el fortalecimiento del sujeto autonómico.
A su vez, el CNI ha construido un espacio asambleario plural que le permite definir algunos puntos en común y un horizonte de lucha. Cada tanto, las delegados y los delegados se reúnen para hacer diagnósticos de los problemas que lastiman a sus pueblos, desarrollar balances de la situación en el nivel local, regional, nacional y global, así como compartir estrategias de resistencia y los desafíos que enfrentan. El encuentro con motivo del 30 aniversario reunió a poco más de 350 delegadxs de 22 estados del país, provenientes de los pueblos amuzgo, ayuuk, chatino, ch’ol, chontal de Oaxaca, coca, maya, mayo, mazahua, mazateco, mazehualtopac, me’phaa, náayeri, nahua, n´guiva, nuntajiiyi, ñuu savi, ódami, otomí, p’urépecha, rarámuri, tepehua, tepehuano del sur, tohono o’odam, tojolabal, totonakuu, triqui, tseltal, tsotsil, wixárika, yaqui, zapoteco, zoque, afromexicano y mestizo.

Durante el 10 y 11 de octubre, la asamblea sesionó por medio de dos espacios que al final buscaron complementarse en la construcción de una agenda común. Por un lado, una asamblea de delegados y delegadas que trabajaron sobre preguntas que tenían el objetivo de avanzar en una reestructuración interna del CNI para crecer en términos cualitativos y multiplicar las formas de resistencia a la “guerra de conquista capitalista”; mientras tanto, en otro espacio se celebró la asamblea de todas aquellas individualidades, colectivos y organizaciones de al menos 20 estados de la república que fueron invitados por el CNI para ser parte de esta discusión colectiva, poniendo en el centro la pregunta sobre cómo vemos al CNI y de qué forma podemos acompañar sus luchas.
La riqueza en la discusión de las mesas de trabajo, tanto en el espacio del CNI, como de la asamblea de invitadxs, no puede ser reducida en un texto. No obstante, este intercambio fue vital para el “espejeo” de nuestras luchas y resistencias, de cómo definimos un enemigo común que nos oprime, de los retos que implica organizarse ante tanta violencia y del desafío de “aprender a luchar y hacernos colectivo” -como señaló una compañera- a partir de la vinculación, el diálogo, la reciprocidad, la responsabilidad y la ética política.

La multiplicidad de organizaciones abonó a la construcción de un pensamiento colectivo que coincidió en buena medida con los resolutivos de la asamblea del CNI. Dos elementos se pueden destacar en estos trabajos: el primero tiene que ver con la crítica fundamentada a la iniciativa de Ley de Derechos de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos, que trata de imponer el ejecutivo federal. Se explicó que esta Ley tiene, sobre todo, el interés por controlar los procesos de autogobierno indígena al modo del Estado y asegurar la dominación de los territorios de los pueblos al sujetarlos a cumplir con ciertos parámetros para ser considerados pueblos y acreedores de recursos estatales. En su declaratoria final, el CNI dejó claro el mensaje:
La libre determinación y autonomía implican que nuestros pueblos son soberanos para decidir sobre su destino y sobre sus territorios; nada ni nadie está por encima de las decisiones que colectivamente tomamos […] La consulta indígena es una facultad de nuestros pueblos, no del Estado ni de las empresas. Los pueblos originarios, a través de nuestras asambleas y sistemas normativos propios, somos los únicos que podemos decidir si nos autoconsultamos y si procede o no procede la consulta. La ocupación de nuestros territorios y la destrucción de nuestros pueblos no es consultable.
Mientras se realizaba la asamblea del CNI, en Palacio Nacional algunos supuestos “líderes” indígenas se reunieron con la presidenta Claudia Sheinbaum y Adelfo Regino, titular del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas. En una deslucida ceremonia de “celebración” del 12 de octubre, recularon en su iniciativa de Ley, la cual todavía no será turnada a la cámara de diputados porque “no está lista”, pues explicaron que “los pueblos pidieron más tiempo para valorarla”, como un eufemismo para tratar de ocultar que su llamada “consulta”, en realidad fue una simulación duramente criticada por distintas comunidades. Al final del día, el posicionamiento de negativa a la Ley por parte de los pueblos del CNI funcionó como un contrapeso a la narrativa gubernamental y exhibió el disenso en el debate.

El otro elemento en común fue la denuncia sobre la continuidad de formas de violencia criminal y estatal que están sometiendo a los pueblos de formas cada vez más agresivas. Las estrategias del poder como el encarcelamiento, los asesinatos y las desapariciones de personas, entre ellas, de defensoras y defensores de la tierra y el territorio, se han vuelto una constante sobre cualquiera que se oponga a lo que dicta la “política de arriba”. Entre las exigencias centrales de la asamblea se planteó la liberación de Jesús Plácido Galindo y Sixto Mendoza Limpia, del Concejo Indígena y Popular de Guerrero – Emiliano Zapata (CIPOG-EZ), de Francisco Moreno Hernández del pueblo de Jotolá e integrante del CNI en Chiapas, así como la libertad inmediata de los presos políticos mazatecos de Eloxochitlán de Flores Magón en Oaxaca. El sentir colectivo es que el uso de la violencia por parte de las corporaciones delictivas y sus asociaciones con los aparatos estatales busca eliminar la organización de base comunitaria para asegurar el despojo de los recursos e incorporar a la gente de los pueblos a la economía ilegal y, con ello, facilitar su aniquilamiento físico y simbólico.
En contrasentido, el acuerdo del CNI radica en construir el común como un elemento transversal en las luchas de abajo y a la izquierda. La tarea es hacer crecer y alimentar el CNI a partir de la organización local y regional, promover nuevos encuentros y enlazarse con otras luchas, por ejemplo, la que están desplegando los distintos colectivos de familiares de personas desaparecidas en el país, pero a partir de comenzar un diálogo sobre lo que tenemos en común, con la motivación de hacer crecer “nuestra resistencia, nuestra palabra y nuestra presencia para cuidar lo que nos es más sagrado, para proteger a la Madre Tierra y para resguardar nuestra libertad, a la que nombramos autonomía”.

A 534 años de la guerra de conquista, los pueblos organizados en el CNI y sus aliados mostraron que el desafío es enorme y a veces abrumador, pero así de grande también es la dignidad, porque a pesar de la muerte y el olvido, es importante celebrar 30 años de lucha, cuya semilla fue sembrada por compañeros y compañeras que dejaron con su vida un ejemplo de lucha, hermanos y hermanas como Juan Chávez, Noé Torres, Eloísa Vega Castro, Samir Flores, Efrén Capiz, Miguel y Agustín Vázquez Torres, Eva Castañeda Cortés, Bety Cariño, Francisco Cabrera, Aristarco Aquino, Félix Serdán, Armando Agustín Bonifacio, Sergio Rivera, Carmen López Lugo, Marcos Aguilar Rojas, Jacinto, Trinidad de la Cruz, Ricardo Robles, Ramiro Taboada, Cirino Plácido, Federico Ortiz, José María Chema, Gerardo Camacho y todos los compañerxs asesinadxs en el país. Ese legado que está presente hoy es la ruta para seguir haciendo vida, como mencionó Marichuy: “hay que seguir defendiendo la vida, hay que seguir defendiendo nuestras comunidades, porque tenemos que dejarle algo a nuestros hijos e hijas y a todos los que vienen atrás”. Es cierto que falta lo que falta, pero cumplir 30 años en este camino tan complejo ya representa una esperanza que no claudica.






