Mi nombre es Samantha Dietmar, tengo 27 años de edad y estudio en Alemania fotografía y diseño gráfico. Quería documentar en México, el campo y personas. Con la expectativa de una marcha pacífica de protesta contra la violencia policiaca, a nivel nacional (llamada para las primeras horas de la mañana del 4 de mayo), me fui junto con un grupo de estudiantes y compañeros de la Ciudad de México hacia San Salvador Atenco, con una parada intermedia en la Universidad Autónoma de Chapingo, y de esta forma la noche anterior a eso de las 21 horas llegamos a la entrada de la ciudad en autobuses y automóviles.

La parte final del camino la recorrimos a pie y pude hacerme una imagen de lo terrible de la tarde pasada, en el fuego de las llantas quemándose. Restos de disparos de armas de fuego, vidrios rotos de las bombas molotow, lo que quedó de cohetones de advertencia, cristales de ventanas rotas, autos incendiados. Hice algunas fotos y me uní a la gente de medios alternativos, para poder comprender todo mejor en forma hablada. Ya había aprendido español en los meses anteriores a mi viaje, pero como es normal todavía había mucho que no podía comprender a detalle.

Hubo una junta en el centro de la ciudad y un poco después las personas de los medios siguieron su camino hacia la clínica de la ciudad, para poder documentar la transportación de los policías que estaban siendo bien atendidos, y que iban hacia la Ciudad de México. Los helicópteros hacían círculos sobre nosotros. Auguraban algo malo. Pasé la noche entre numerosos periodistas en un pequeño hotel en la entrada sur de la ciudad.

A eso de las 6 de la mañana me espanté mucho. Sonaban las campanas de la iglesia, explotaban bombas, volaban piedras, efectivamente había empezado otro enfrentamiento -pudieron producirlo rápidamente con la fuerza de cerca de 3000 policías contra unos 300 manifestantes. El gas lacrimógeno se metió por las ventanas y puertas del hotel. Con miedo me puse en pañuelo mojado para taparme la boca y la nariz y me quedé dos horas escondida en el baño del hotel. El propietario del hotel tenía la televisión prendida en su oficina, y las pocas personas que se quedaron en el hotel pudieron seguir con decepción, como la policía ocupaba sistemáticamente la ciudad. Mi único pensamiento era llegar lo más pronto posible de regreso a la Ciudad de México, porque ahí habían ya aparecido muerte y heridas mortales. Cuando se comprobó en la televisión, que las tropas policiacas seguían avanzando hacia el Centro, dejé tras la salida del sol sin detenerme con mi mochila y mi cámara el hotel. Transcurrido menos de un minuto llegó a través de la niebla de gas lacrinmógeno un grupo de policías corriendo hacia mi y tras otras tres personas pacíficas.

A mi me presionaban contra la pared de una casa y me preguntaron por mi identificación. Temblando busqué en la bolsa de mi pantalón, les dí mi identificación de la prensa internacional y pregunté que había hecho. “Ella no es de aquí” gritaron, mi identificación cayó al suelo y fuí llevada en dirección a un transporte. Ahí empezó el infierno para mí.

Fuí jaloneada de los cabellos y de los brazos para meterme al transporte, donde una montaña de personas ya estaban apiladas unas sobre otras. Por todos lados había sangre, las personas gemían.
No me quedó otra que tirarme hacia adelante, tendida sobre mi panza, con los brazos alrededor de mi cabeza como protección. Los policías nos insultaban y nos escupían, se subieron en el borde a un lado de la superficie de carga y cuando se echó a andar el transporte, se pararon sobre mí y sobre los demás con sus botas, gritaron y nos insultaron, golpearon con sus toletes nuestras espaldas, cabezas y pies. Yo sentí manos que tocaban mi trasero y espalda, que aparte me estaban tratanto de quitar mi ropa cintura hacia arriba. Cuando yo trataba de volver a poner mi ropa, me gritaban „Gringa“ y alguien me golpeó en la cara. Mi nariz sangraba. Ya no podía pensar en nada más. Sin moverme aguanté todo. El camión se detuvo. De los cabellos nos jalaron hacia otro camión más grande. Ahí estaba ya otro grupo de personas bañados en sangre en cuclillas hasta atrás del piso del camión. Nos tuvimos que echar sobre la gente. Golpes, pisoteos, insultos. Nuestras cabezas fueron presionadas hacia abajo, para que no pudiéramos ver sus caras. Los policías empezaron a registrar los nombres.

Me arrancaron mi bolsa con pasaporte, dinero, película, y mi cámara y lentes, detenían mi cabeza por los cabellos hacia arriba, grité mi nombre y que era de Alemania. Los llantos, el olor, el ruido del ambiente era insoportable. No sabía que podía pasar después, y esto me daba un miedo horrible. Mi pañoleta azul la pusieron sobre mi cabeza y debí sentarme en una banca del camión. Tuve que escuchar como tomaban los nombre manteniendo mi cabeza inclinada hacia abajo con un tolete. Una y otra vez vinieron policias al camión y preguntaron por la alemana, levantaron mi pañuelo, querían ver mi cara. Yo no debía moverme. Unas manos tocaban mis pechos. Me preguntaron qué estaba haciendo aquí. Había un poco de calma, hasta que llegó un tercer transporte con detenidos y otra vez se fue, y empezó este violento registro de los nombres otra vez. Ninguno de los detenidos se atrevió a moverse. Había muchos heridos graves entre ellos. Tuvieron que quedarse en cuclillas en el suelo y en las bancas, en parte tirados revueltos. Los policías nos gritaban continuamente y golpeaban sobre las personas. A mí me ofrecieron un vaso con agua, y me dijeron que me sentara con un grupo de los policías. Dijeron: “Si cooperas no te va a pasar nada”.

El camión empezó a caminar. Me dijeron que me quitara mi pañoleta. entonces tuve que hablar con los policías 2 horas y media, hicieron fotos de grupo con sus celulares, se pasaban una foto pornográfica del celular de uno de ellos, me preguntaron sobre el EZLN, la ETA y sobre Hitler, y alguien me preguntó por qué estaba ahí y por qué tenía una cámara. Me podía librar un poco mostrando que no tenía suficientes conocimientos del idioma. Dijeron que tenía bonitos ojos, y si no me quería ir con uno de los policías, e inmediatamente le pegaban a un compañero de atrás, que se doblaba del dolor. Mis cabellos que arrancaron volaban por el camión.Un policía se los puso. Reían. Empecé a llorar, de desesperación, rabia y dolor. Me animaron, diciendo que seguramente pronto me entregarían al consulado alemán y que no tendría que quedarme con los “delincuentes”. Al finalizar el viaje me dijero que les diera mis películas, mi dinero y mis tarjetas de crédito. Llegamos a Toluca.

Me pusieron otra vez mi pañoleta, cuando estábamos esperando en el camión, para que nos llevaran a la prisión. Varias veces acariciaron mi cabeza, pero patearon brutalmente a los otros prisioneros, para que se levantaran. Por el pañuelo no podía ver mucho. A cada lo arrastraba un policía hasta la fila de espera para el registro a la entrada del penal, con la cabeza hacia abajo, las manos juntas en la espalda, y presionado contra la pared. Quejidos y sollozos. Y los golpes ahogados de las botas de los policías contra los pies y en la zona del estómago de los prisioneros. Violencia sin final. Finalmente en la prisión por lo menos se disipó enormemente la situación de violencia. Los heridos de gravedad fueron trasladados a la clínica al interior del penal, pudimos ir al baño. Ahora teníamos que esperar en una gran sala. Mujeres y hombres en mesas separadas. Se podía hablar un poco. Las caras de las personas estaban llenas de miedo y de heridas. Después hubo algo de comer y para tomar. Fui llevada al médico con otras cuatro personas que no eran mexicanas (Christina, Maria, Valerie y Mario), que también habían sido fuertemente maltratadas física y sicológicamente. A nuestras preguntas por teléfono, abogado, consulado
, nos contestaron siempre respuestas con promesas como ” ah, si, más tarde”.

En una sala que se dispuso provisionalmente para la toma de declaraciones, en otra sala uno tras otro declaró. Yo tenía dificultades para describir en español la situación. Todo tenía que hacerse rápidamente. Después siguió otra vez una muy larga espera sin información de lo que iba a pasar. El primer doloroso espacio para traer a la memoria otra vez lo vivido. De ahí en adelante nos controlaban en el grupo de cinco personas. Apareció la Comisión de Derechos Humanos, nos inquirió acerca de los maltratos e hicieron fotos, contactaron también más tarde para mí a la embajada alemana. Estábamos agotados y fuimos a dormir helados en las bancas de madera. Por el abundante gas lacrimógeno y de las lágrimas, mis ojos estaban infectados y tuve que quitar mis lentes de contacto, por mi grave debilidad visual estaba casi ciega. Me despertaron en algun momento para tomarme huellas digitales y fotos. Entonces, (como a las 0:30h, del 5 de mayo de 2006) nuestro grupo fue llevado con la expectativa de tener una celda donde dormir. En la puerta nos avisaron en lugar de eso, que no podían hacer nada por nosotros en Toluca y que íbamos a ser trasladados a la oficina de migración a la Ciudad de México.

Y entonces todo ocurrió rápidamente. Transporte, otras investigaciones,
tomas de declaraciones, otra vez ninguna respuesta a preguntas en especial sobre la situación legal, derechos de denuncia o de demanda judicial. Tampoco me fueron leidos ni informados mis derechos. Los consulados correspondientes se reportaron con nosotrs, y pudimos hablar personalmente con ellos. El consulado alemán me ofreció por fin avisar a mi familia. Ya que mis documentos y la cámara no fueron entregados por la policía a la prisión, fuí acompañada por cuatro policías para que me hicieran otro pasaporte para la República Alemana al consulado alemán, (más o menos a las 15:00h, del 5 de mayo de 2006). De ahí me llevaron directamente al aeropuerto de la Ciudad de México, donde ya estaban también los otros cuatro compas esperando que los deportaran. Más adelante ya no tuvimos ninguna posibilidad de hablar por teléfono. La última espera fue en una celda especial de la oficina de migración del aeropuerto Entonces nos separaron (mi vuelo a las 21:30h México-LondresFFM con British Airways). Cada uno de nosotros tuvo durante todo el vuelo dos policías de migración a los lados, que a mi me entregaron, sin las actas de mi caso, a los sorprendidos policías alemanes al medio día del 6 de mayo en Frankfurt del Meno. Más tarde me atendieron otra vez en una clínica.