Antonio Estrada Estrada y Miguel Vázquez Deara, pobladores de este ejido tzeltal y adherentes de la Otra Campaña, se encuentran presos luego de sufrir intensa tortura por parte de las policías preventiva y judicial del estado, para obligarlos a autoinculparse como asaltantes.

Sus testimonios fueron entregados a La Jornada por sus familiares, y muestran la práctica de tortura y fabricación de delitos en Chiapas. Los representantes del ejido sostienen que son inocentes y los consideran “presos políticos” porque sus familias “participan mucho en la Otra Campaña”.

Vázquez Deara está en el penal de Ocosingo desde septiembre pasado, y Antonio Estrada en Playas de Catazajá desde agosto. Antonio relata que el 7 de agosto fue detenido cerca de su casa por cinco agentes encapuchados “y un comandante” (como lo identificaban por el radio). “Me taparon con una playera, me esposaron y subieron a la góndola de su patrulla, boca abajo y las manos atrás. Me preguntaban si yo era el que asaltaba siempre, me golpearon las costilla; amenazaron con tirarme un balazo en la cabeza y me iban a envolver en una colchoneta para echarme en un basurero”.

En el trayecto a Palenque lo siguieron golpeando. Allá lo entregaron a “los judiciales”, que le descubrieron la cara “y de inmediato me dieron una cachetada como para no identificar a la persona porque se me oscureció la vista, y me vendaron los ojos bien fuerte”. Conserva una cicatriz de 5 centímetros en el tabique nasal. “Me colocaron una bolsa en la cabeza para asfixiarme y me desmayé”. Insistían en que “confesara”. “Cuando me recuperé me volvieron a poner la bolsa. Posteriormente me metieron en un tambo lleno de agua, me sacaron y tiraron en el piso, golpeándome detrás de la cabeza, no sé si para recuperarme o no morirme”.

Los agentes le advirtieron “que del castigo no había pasado ni la cuarta parte, que todavía faltaba”. Después “me colocaron un trapo tapándome la nariz y la boca, sosteniéndolo por atrás dejaban caer agua en el trapo para que cuando respirara entrara el agua en mi nariz y boca, en caso de que quisiera hablar me decían que moviera la cabeza y para decir que soy el que asalta. Dije que no, me volvieron a aplicar el castigo. Sentía la muerte. Di señal de que quería hablar mientras me golpeaban la cabeza, y logré negar todavía. La tercera ya no aguanté”.

Al interrogarlo sobre sus “cómplices”, Antonio mencionó a Santiago y Pascual Gómez Moreno, de Xanil. “Se sabe en mi pueblo que sí se dedican al asalto”. Los policías anunciaron un cateo en casa de Santiago. “Me llevaron a Ocosingo” y de ahí a Xanil. “No lo encontraron, le habían dado el pitazo”.

En el banco de arena lo desvendaron para que indicara el lugar de los asaltos. Pocos días antes había ocurrido uno allí. Volvió a negar. “Me empezaron a golpear el estómago, los oídos y a patadas mis nalgas”. Encadenado de pies y manos, lo vendaron nuevamente y escuchó a los agentes arrastrar un tronco a media carretera. “En ese momento no me di cuenta por la venda en los ojos, pero cuando vi el expediente, vi la foto de una camioneta RAM blanca con las puertas abiertas, a la que cubrieron su número con cinta canela, haciendo parecer como que fue asaltada; en la foto no aparezco”. Le sembraron una pistola, dos machetes y un pasamontañas.

De vuelta en Palenque, lo presentaron ante el Ministerio Público (MP). En el separo, el MP y los peritos ya tenían armado el documento, no me pidieron declaración, sólo me amenazaban que si no firmaba me golpearía, y por temor firmé los papeles”.

¿Te gustó este artículo? ¡Apóyanos! Regeneración Radio es posible gracias a las contribuciones de nuestros lectores. Considera hacer una donación: