Un presidente es acusado de violar la ley y la constitución de su país. Es acusado de abrir el tesoro nacional a sus compinches. Es acusado de aprobar la tortura de personas a nombre de la “guerra contra el terror”, de intervenir las llamadas telefónicas de un sinnúmero de ciudadanos y de soltar a sus hordas de malvados secuaces contra los críticos, periodistas y adversarios a su dominio casi imperial.

¿Describo una novela reciente? Porque seguramente ––seguramente–– él no puede ser un presidente de verdad en un país de verdad, enfrentando cargos de verdad. Sin embargo, lo es. Pero aquí, no. Esto pasa en Perú, donde Alberto K. Fujimori (una vez bautizado con el apodo cariñoso de “el Chino” debido a sus rasgos asiáticos) enfrenta un montón de cargos criminales derivados de sus años en el poder cuando era presidente. El ex presidente enfrenta cargos que provienen de su implementación durante 10 años de una “guerra sucia” contra prácticamente todos los adversarios del Estado.

 

Desde el combate armado contra Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), hasta las matanzas de estudiantes e izquierdistas por los escuadrones de la muerte, formados y utilizados en secreto por el gobierno, el presidente dejó detrás de él un legado de sangre. En esta larga guerra interna que duró 20 años, alrededor de 70,000 personas perdieron la vida, según las conclusiones de una comisión gubernamental peruviana en 2003. Si lo condenan por su papel en la carnicería, se supone que Fujimori, quien ahora tiene 69 años, podría pasar 30 años en prisión. ¿Y por qué nos sorprende? Porque aquí en Estados Unidos vemos tanta inmunidad gubernamental que la mera idea de enjuiciar a nuestros presidentes por sus crímenes de guerra, violaciones del derecho internacional o violaciones constitucionales, parece ser material para la ficción.

 

Lo más cercano que hemos llegado ha sido la renuncia de Richard M. Nixon de la Presidencia para evitar su inminente destitución. Pero no tuvo que preocuparse. Su sucesor, el presidente Gerald R. Ford, le concedió el perdón ––¡antes de que lo acusaran! Y sus crímenes, los que culminaron en el escándalo de Watergate, ya son casi olvidados. Hoy escuché un noticiario desde China reportando que un millón de personas ––un millón de personas— han muerto en Irak desde el principio de la invasión y ocupación de Estados Unidos. Un millón de personas. Pero no se ha cometido ningún crimen. No hay ninguna destitución. De hecho, estos temas ni se discuten.

 

En el momento de la victoria, cuando el electorado enojado se movió para darle poder mayoritario a los llamados “demócratas”, la líder de la Casa de Diputados Nancy Pelosi (Demócrata del estado de California) anunció: “El tema de la destitución no está en la mesa”. Y así se ha quedado. La inmunidad. Y el único superpoder que queda en el mundo ¿qué puede aprender de una pobre, relativamente pequeña nación, mayoritariamente indígena, en la costa occidental de Latino América? Probablemente ¡ni una maldita cosa! Desde el corredor de la muerte, soy Mumia Abu-jamal. 2 de enero de 2008

 

Derechos reservados 2008 Mumia Abu-Jamal [Fuente: Romero, Simon, “Ex-President Stands Trial In Edgy Peru,” New York Times, Mon., Dec.10, 2007, p.A6.] Audio: grabado por Noelle Hanrahan de Prison Radio www.prisonradio.orgTexto: distribuido por Fatirah Litestar01@aol.comTraducción: kalo

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