El homenaje a Cortés, un insulto a la libertad

¿Que nunca la libertad pida perdón por ser Libertad?

Hay gestos políticos que no admiten lectura ingenua. El llamado “homenaje” que realizó Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a Hernán Cortés no es un acto cultural, es una reafirmación ideológica. Es la persistencia de un relato colonial que se niega a morir y que, cuando puede, se exhibe con orgullo.

Nombrarlo con claridad es rigor histórico.

Cortés no representa un “encuentro”, sino un proceso sistemático de violencia: invasión, destrucción de estructuras políticas indígenas, imposición religiosa, esclavización y el inicio de una jerarquización racial que todavía organiza quién vive mejor y quién sobrevive. Hablar de homenaje es, en ese sentido, profundamente problemático: ¿qué exactamente se está celebrando?

“Que nunca la libertad pida perdón por ser Libertad”.

La frase, repetida como consigna, se vuelve incómoda cuando se le exige coherencia. Porque aquí no se trata de pedir perdón por la libertad, sino de reconocer que hay libertades históricamente negadas y otras construidas sobre el despojo.

Parte de mis ancestras y ancestros fueron secuestradas, humillados y esclavizadas, traídas en barcos hasta estas tierras de manera forzada. Les fueron colocados grilletes y bozales para que no comieran nada y que el esclavista —al que obligadamente llamaban “amo”— no les asesinara. La otra parte de mis ancestros fue desplazada, despojada para que ocuparan su territorio en sus haciendas y que les usaran como mano de obra barata.

Ese pasado no terminó, se reconfiguró y debemos luchar contra ello.

No, no somos “los hijos del encuentro más grandioso de la humanidad”. Esa frase es una herramienta política que borra la violencia para hacerla digerible. El mito del mestizaje ha funcionado como una pedagogía del olvido: nos enseña a no preguntar, a no incomodar, a no nombrar el racismo estructural que sigue operando.

Y cuando se mira el presente con honestidad, el paralelismo es evidente.

La visita de Ayuso incluyó su cercanía con el poder local en la alcaldía Cuauhtémoc, actualmente encabezada por Alessandra Rojo de la Vega. No es un dato menor: es un punto de conexión entre discursos que, aunque se expresen distinto, comparten una lógica de exclusión.

En esa alcaldía, el desplazamiento por el cartel inmobiliario es una consecuencia directa de decisiones políticas que privilegian el capital sobre la vida. Barrios populares convertidos en escaparates, comunidades fragmentadas, habitantes empujados fuera de su propio territorio.

Y al mismo tiempo, se construyen narrativas que señalan a las personas migrantes como problema. Cuando se tergiversa la creación de un albergue en Tepito y se promueven discursos de “limpieza social”, lo que se produce es una pedagogía racista: se enseña a jerarquizar vidas, a decidir quién merece estar y quién debe ser expulsado.

Pero sería cómodo —y falso— pensar que esto es un exceso aislado de actores externos.

El problema es más profundo: también es estructural y estatal.

El mismo Estado mexicano ha reproducido lógicas coloniales bajo nuevos nombres. En regiones como Chiapas o Chihuahua, la presencia de megaproyectos, la militarización y la convivencia con dinámicas de narcogobierno han generado silenciamiento, fragmentación comunitaria y control territorial. No se trata solo de abandono: se trata de intervención que ordena el territorio sin escuchar a quienes lo habitan.

El caso del Tren Maya es particularmente ilustrativo. Nombrarlo “maya” no lo vuelve indígena, así como nombrar “desarrollo” a un proyecto no lo hace justo. Lo que ocurre en muchas de las comunidades atravesadas por el tren es un proceso de borrado epistémico: se invisibilizan saberes, formas de vida y relaciones con el territorio que no encajan en la lógica turística y extractiva.

Se vende como progreso, pero funciona como reordenamiento colonial del espacio.

Se construye para satisfacer una mirada externa —blanca, global, consumidora— que romantiza lo indígena mientras extractivamente lo transforma en mercancía. La idea de que visitar comunidades es un “renacimiento” personal, es otra forma de colonización convirtiendo la vida de otros en experiencia.

Y ahí el círculo se cierra.

El homenaje a Cortés no es un gesto del pasado: dialoga con estas prácticas contemporáneas. Es la misma matriz: la que normaliza el despojo, la que legitima la intervención, la que enseña que algunos territorios existen para ser explotados y algunas vidas para ser administradas.

No vamos a homenajear a un genocida, nunca.

Y tampoco vamos a ignorar las formas actuales en que ese mismo orden se reproduce

Porque el racismo no solo está en los símbolos que se celebran, sino en las políticas que se implementan, en los territorios que se intervienen y en las memorias que se intentan borrar.

Y frente a eso, la memoria nos es resistencia.

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Marcos 'Ik'
Marcos 'Ik'
Marcos IK es un artista de Spoken Word, fotógrafo y comunicador social, originario del Estado de México. Su obra se distingue por una poderosa y contundente exploración de temas raciales, abordando la identidad, la resistencia y la justicia social a través de la palabra hablada. Su estilo único fusiona elementos de la poesía tradicional con los ritmos contemporáneos del Hip-Hop, ofreciendo una perspectiva incisiva y reflexiva sobre la experiencia racial en México y el mundo.

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