Todo el poder para el pueblo: el resurgir del Black Panther Party y la urgencia de la solidaridad | Columna de opinión

LA LENGUA DEL ARRABAL

Fotografía: Allie Ippolito / Inquirer

Conocí primeramente la historia del Black Panther Party por la música rap, cuando comencé a ser más consciente de lo que estaba escuchando y aprendiendo a base de la palabra y el ritmo. La historia de un grupo de personas negras —estudiantes, obreras, comunidades enteras— con una enorme capacidad política y organizativa me hizo mucho sentido, y me hizo pensar en lo potente de la articulación comunitaria para lograr la libertad. Las demandas del Black Panther no eran una épica lejana: eran un programa concreto para sobrevivir, y sobre todo, vivir con dignidad. El Ten Point Program de 1966 no fue un manifiesto abstracto, sino una hoja de ruta contra el racismo, el hambre, la violencia policial, la guerra y el despojo, anclada en la autodeterminación y el poder popular, “Queremos libertad. Queremos poder para determinar el destino de nuestra comunidad negra”, decía el primer punto .

“¡Todo el poder para el pueblo!”, leí alguna vez, metiéndome a reencontrar información sobre ellas y ellos. Mujeres y hombres negros levantando el puño y haciendo frente a la policía y al régimen de segregación y racismo que también operaba —de otras maneras— en mi entorno. Así encontré la historia de Fred Hampton, vicepresidente del BPP en Illinois: un joven asesinado por el Estado estadounidense porque representaba una amenaza real al orden racista, no por las armas, sino por su actuar político. Hampton entendió que la libertad no se construye en compartimentos; por eso impulsó la Rainbow Coalition, una alianza entre comunidades negras, latinas, blancas pobres y organizaciones obreras, capaces de reconocerse como sujetos de una misma explotación .

Ese internacionalismo práctico conecta al BPP con los movimientos panafricanistas y de liberación del siglo XX. Amílcar Cabral enseñó que la cultura es un campo de batalla y que la decolonización comienza por desarmar la mente del oprimido; Patrice Lumumba encarnó la resistencia y el sufrimiento de los proyectos soberanos africanos asfixiados por el imperialismo; Malcolm X nos recordó que los derechos humanos no piden permiso y que la lucha negra es global. En América Latina, figuras como Gaspar Yanga (Nyanga) —símbolo temprano de cimarronaje— anticiparon esa ética de libertad irreductible. El hilo que los une no es solo la nostalgia de la lucha, sino también la claridad: sin organización, sin conciencia y sin alianzas, no hay victoria.

Las historias de Mumia Abu-Jamal y Assata Shakur, perseguidos y castigados por el Estado por su militancia y su palabra, y el liderazgo de Elaine Brown al frente del Partido, confirman que el BPP fue también un proyecto feminista negro, periodístico,  comunitario y pedagógico. Bell hooks nombró la intersección entre raza, clase y género; Angela Davis insistió en que la libertad es una práctica colectiva; Rosa Parks desmintió el mito de la obediencia como virtud. En ese tenor, el Partido construyó desayunos comunitarios, clínicas, educación política y defensa legal, porque la revolución empieza donde duele el cuerpo.

Hoy, cuando vemos el resurgimiento del Black Panther Party y de imaginarios pantera en respuesta a las redadas del ICE, no estamos ante un resurgimiento casual, sino causal,  ante una memoria que se activa frente al terror institucional. El ICE funciona como un instrumento de persecución racializada contra personas migrantes y comunidades pobres, y hoy inclusive con la población abierta que ha decidido hacerle un frente; su violencia reactiva redes de autodefensa y solidaridad que recuerdan que nadie se salva solo. En semanas recientes, este reavivamiento ha sido documentado como respuesta organizada a la criminalización y al miedo impuesto desde el poder .

En este contexto, el discurso “libertador” de Donald Trump —y del trumpismo— opera como máscara. Bajo la retórica de seguridad y orden, se normaliza el despojo, la militarización de fronteras y la agresión económica y diplomática contra pueblos del Sur global. Aunado a bombardeos directos, persisten sanciones, bloqueos, presiones y ocupaciones que buscan “disciplinar” proyectos fuera del canon estadounidense —como en Venezuela o Palestina— y sostener un orden imperial que decide quién merece vivir con dignidad y quién no. Esa violencia estructural es terrorismo de Estado por otros medios, y debe nombrarse como tal para poder enfrentarse con verdad.

La lección de Hampton vuelve a ser urgente: unificar luchas. El imperialismo se combate con alianzas que crucen fronteras, identidades y agendas sin diluir las diferencias. El BPP entendió que la policía que mata en Chicago es parte del mismo sistema que saquea el Congo y bloquea economías enteras; que la libertad negra está ligada a la libertad de los pueblos del mundo. Frente a un régimen global de opresión, la respuesta no es el repliegue, sino la organización, la educación política y el cuidado comunitario.

Hoy, cuando el miedo se administra desde el poder, volver a decir “todo el poder para el pueblo” es un acto de memoria activa. Porque la resistencia no es solo una consigna: es una práctica cotidiana que, como nos enseñaron Cabral, Lumumba, el EZLN, Davis y Hampton, solo florece cuando se hace común.

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Marcos 'Ik'
Marcos 'Ik'
Marcos IK es un artista de Spoken Word, fotógrafo y comunicador social, originario del Estado de México. Su obra se distingue por una poderosa y contundente exploración de temas raciales, abordando la identidad, la resistencia y la justicia social a través de la palabra hablada. Su estilo único fusiona elementos de la poesía tradicional con los ritmos contemporáneos del Hip-Hop, ofreciendo una perspectiva incisiva y reflexiva sobre la experiencia racial en México y el mundo.

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