De cuando me cantaron “Las Mañanitas” las zapatistas

De cuando me cantaron “Las Mañanitas” las zapatistas

Tomé la decisión a última hora, no la tenía contemplada… y es que con tanto trabajo… pero las palabras de alguien, días antes, que me decía desafiantemente: “Pero, qué es la vida si uno no puede hacer lo que se le pega la gana”, me retemblaron ese 5 de marzo y, como suele pasar con las buenas decisiones, casi todo se acomodó mágicamente. Un lugar que acababa de quedar vacante en la camioneta en la que iba un grupo de amigas; la inscripción al encuentro en San Cristóbal, que nos ahorró horas de espera  para entrar al Caracol;  hasta quien, incluso, nos pudo hacer un huequito a las que no llevábamos casa de acampar; todo, menos el precio del boleto de avión que me salió carísimo, aún así valió no la pena, ¡si no la alegría! El Primer Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, convocado por las Mujeres Zapatistas en las montañas de Chiapas, fue un lluvia de esperanza, tan oportuna en estos tiempos.

Esa noche del 7 de marzo llegamos al Caracol ya pasadas las 10, se veían los camiones estacionados, que indicaban que ya habían llegado cientos de compañeras, bajamos nuestras cosas y nos dirigimos a la entrada, en la puerta de una enorme reja yacía el primer letrero: “Bienvenidas, mujeres del mundo” y otro más pequeño “Prohibido entrar hombres”, las compas zapatistas solas, en parejas o en pequeños grupos, todas con su pasamontañas, se movían como hormigas con afán y prisa para recibirnos,  nos iban acomodando en los espacios, ya fuera al aire libre, con techados como galerones o en otros como grandes casas, comedores, escuelas, canchas, etcétera, ellas, las compas, ya habían organizado todo de una manera sorprendente para irnos acomodando de manera que cupiéramos todas las que estábamos llegando y las que llegarían en los días siguientes. 

Pasamos a instalar la tienda, mientras tanto respiraba con profundidad ese olor de monte, de bosque, de leña; nos sentíamos resguardadas y protegidas, me puse a caminar un poco antes de dormir, viendo con asombro sus pinturas con consignas políticas y sus espacios, todos dispuestos para la comunidad, para el disfrute colectivo, otra cosa tan distinta a cómo vivimos en la ciudad, con todxs en competencia por los espacios, el tiempo y los recursos. Ya desde ahí mi respiración fue otra, mi mirada colmada de montaña, mi cuerpo entre cuerpos presentes dispuestos al encuentro; así el tiempo empezó a cobrar otro sentido.

Al día siguiente, a las 6 en punto de la mañana, nos empezaron a tocar “Las Mañanitas”. Hace tanto que no me las cantaban tan temprano… “Como debe ser”, decía mi abue. Eso fue un gran detalle, porque algo que nos han enseñado estas mujeres, y quedó patente, es que dentro de la lucha hay tiempo también para la ternura,  y así fue su recibimiento, de hermanas para hermanas, y con esto nos levantamos; aún no nos quitábamos las lagañas de los ojos cuando, con una sonrisa de oreja a oreja y entre suspiros, nos dimos los buenos días, contentas y sorprendidas nos apuramos a dirigirnos al templete, donde se desarrollarían varios eventos y donde las compas darían los discursos más importantes.

Después de “Las Mañanitas”, dieron un discurso de bienvenida, claro y contundente, sobre su proceso de empoderamiento dentro del propio movimiento zapatista, que declaró la guerra al mal gobierno en 1994, y así dio inició todo tipo de actividades, desde obras de teatro, charlas, conciertos, torneos de soccer, de vóleibol y básquetbol, primero las compas y al otro día nos tocaba a las visitantes integrarnos a todo un programa preparado con bastante anticipación, pues el 9 de marzo podría calcularse que había cientos de actividades al mismo tiempo, era toda una explosión de conocimientos, información, danzas, abrazos, gritos, arte y canciones.  No era fácil ponerse a platicar con cualquiera de las compas; primero, porque todas tenían cosas que hacer para  que funcionara el encuentro, el intercambio fue así, primero su expresión, luego la nuestra, durante los tres días se rompía el vaivén de todas con el júbilo de las consignas, a veces acompañadas de la batucada colombiana, las canciones que se cantaban al unísono, aullábamos, gemíamos o simplemente bailábamos, nos sentíamos libres y plenas, no había ninguna amenaza como las que abundan en el mundo de los hombres…  nos sentíamos como si fuéramos todas un animal que rugía y se estremecía con dolor y alegría al mismo tiempo, fue una sensación que no se puede describir fácilmente, pero era clara la hermandad y la fascinación por vernos todas diversas, distintas,  muy jóvenes unas, otras no tanto, pero iguales.

Yo me apunté al torneo de soccer, conmemorando mis tiempos futbolísticos, cuando éramos un equipo de mujeres que no solíamos ser campeonas, pero ¡de gran corazón! El 8 de marzo una chava se acercó a recolectar firmas a las que estábamos formadas para la comida, por la tarde nos veríamos en un punto para organizarnos. Y sí que fue movido ese día, llegaban y llegaban mujeres de todo el país y de distintas partes del mundo,  muchas argentinas, que nos contaban de lo importante que había calado por esas tierras el zapatismo y lo que habían hecho para llegar hasta ahí, fue impresionante ver cómo el movimiento social más importante en los últimos tiempos en México ha impactado en lugares tan lejanos e insospechados, desde Argentina hasta los países del este de Europa, esto me llevó a pensar en el limitado apoyo que recibió Marichuy, como candidata independiente, y cómo desde México vemos a otros lados, pero rara vez al país profundo en el que vivimos y al cual tenemos enfrente.

Y ahí estaba yo, apuntándome para armar el equipo de fut y continuar la labor del día anterior de la chica que, por alguna razón, no aparecía, y las compas, junto con una joven que les apoyaba en la organización del torneo, esperaban a las capitanas de los equipos que ya se habían apuntado, así que me puse a reclutar velozmente a las distraídas que no tenían equipo y en poco rato ya éramos 11, aceptaron mi propuesta de que el equipo se llamará “Las Dignas Ochoa”.  Jugamos,  perdimos  y volvimos a perder, jaja,  al otro día, mientras calentábamos para iniciar el partido, unas norteamericanas aprovecharon para pelotear, como de nuevo estábamos todas algo dispersas y no nos completábamos para jugar,  las invité al equipo, me di cuenta que una de ellas dominaba bien la pelota, se veía que era pro, pero lo que no advertí es que ese día empezábamos a jugar con las compas, sí… a las que habían perdido en su liga local les tocaba con nosotras, y vaya… pues la norteamericana por más esfuerzo que hizo por pasar la pelota a las demás integrantes, entre las que estábamos mexicanas, argentinas y francesas, le salía su instinto de competencia que le hacía jalar la pelota de cancha a cancha y tirar a gol,  ¡era tan surrealista el cuadro! ¡Las compas zapatistas goleadas por una gringa!  ¡Era tan políticamente incorrecto!  Mientras jugábamos, pensaba en decirle a la estrella del partido que por favor jugara un poco menos o de plano sacarla y ponerla de portera, pero… no, no hizo falta, las compas de “Arcoiris Rebelde” sacaron la casta, no se amilanaban, no se daban por vencidas y tampoco mostraban frustración,  estoy segura que no hubieran admitido ni un resquicio de ventaja, eso en sí mismo fue una lección de dignidad y de vida, porque así es la vida, como un juego y no se trataba de competir ni de ganar sino de jugar, nunca olvidaré ese partido. Me llevé tan bien con la árbitra, que  al final nos abrazábamos como niñas cómplices de travesuras, no hizo falta preguntarle tantas cosas que  rondaban en mi mente sobre el feminismo zapatista, sólo sentir que estábamos juntas ahí, realmente juntas; le regalé el sombrero que traía para protegerme del solazo que hacía,  lo recibió con una gran sonrisa y se lo puso luego luego. Me despedí diciéndole que las guerreras somos así, damos lo mejor que tenemos, como ellas en ese Encuentro. Y nos vemos el próximo año para la reta. ¡QUE VIVAN LAS ZAPATISTAS!

2 de abril de 2018.

 

Nota: Primera foto de Karla Priego Martínez, segunda foto Brenda Rodríguez y tercera foto Marie M. Carie.

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